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Es obvio que vivimos tiempos raros. Acelerados, ruidosos y emocionalmente fatigantes. La información se transmite frenéticamente, a menudo desprovista de contexto, jerarquía o prudencia. Las redes amplifican la indignación, la simplificación y el juicio inmediato al tiempo que erosionan las capacidades de atención, escucha o reflexión. Cada opinión aspira a equipararse con la verdad, el ecosistema comunicativo se polariza, y el descrédito hacia los intereses de los líderes y las instituciones campa libremente.
En este contexto, necesitamos estructuras que promuevan confianza, cohesión y esperanza cívicas. Que actúen como espacios útiles, íntegros y fiables en medio de tanta volatilidad e incertidumbre.
No son pocos los pensadores que afirman que las profesiones pueden cumplir esa función. No sólo porque aportan experiencia técnica, sino porque pueden articular una determinada manera de entender la responsabilidad y el servicio al bien común. Las profesiones no son únicamente ocupaciones altamente calificadas, son también instituciones morales. Una especie de intersticio vertebrador de la sociedad, que aporta conocimientos singulares y, simultáneamente, un entorno de valores, normas y formas dignas de ejercer la autoridad que la ciudadanía les otorga.
Allí donde prima el populismo, la mercantilización y la degradación del debate público, las profesiones pueden actuar como un contrapeso que preserve el discernimiento, la vinculación deontológica y el compromiso con la colectividad.
El doctor Miquel Bruguera, que fue presidente del CoMB, suele afirmar que la medicina podría ser un epítome profesional ya que, para ejercerla bien en cualquiera de sus especialidades, es necesario conciliar dominios científicos, éticos, docentes, relacionales, socioculturales e incluso espirituales.
Hacer de médico no consiste únicamente en aplicar la evidencia, tener conocimientos científicos sofisticados y dominar habilidades técnicas complejas. La medicina incorpora una singular expectativa: más allá de la pericia clínica, la sociedad espera sensatez, honestidad, implicación, confidencialidad y sensibilidad ante la vulnerabilidad humana.
Y es probable que esta expectativa se esté satisfaciendo bien: tozudamente, las encuestas colocan a nuestros médicos y médicas en lo alto de los rankings de las profesiones con mayor reconocimiento. No es éste un dato menor en una época marcada por el escepticismo y la fragilidad de los referentes colectivos.
Es esperanzador que los valores tradicionalmente atribuidos a la medicina y que sustentan su contrato social sigan siendo priorizados por los profesionales, tal y como informan recientes encuestas colegiales. Según estos estudios, la sociedad catalana puede confiar en que los médicos queremos seguir atendiendo con competencia y sentido humanístico. Además, los datos constatan que las virtudes médicas clásicas también son reivindicadas por los colegas más jóvenes y por los colegiados recién llegados de otros territorios.
Con el cambio de siglo, el sentido de la profesionalidad ha incorporado numerosas capacidades que caracterizan al médico contemporáneo. Son ejemplos la rendición de cuentas, las habilidades relacionales, las competencias en reflexión y juicio contextual, las decisiones compartidas y centradas en las personas, la práctica colaborativa, la gestión de la complejidad y la incertidumbre, la inteligencia ética, el ejercicio del liderazgo, el sentido poblacional de la praxis, la capacitación digital o las actuaciones de autocuidado. Todos estos ámbitos conviven en el cajón de sastre de las llamadas metacompetencias, competencias transversales o soft skills.
Hay consenso a la hora de afirmar que, en el momento actual, cuando las innovaciones tecnológicas pueden transformar de forma disruptiva la forma de ejercer la medicina, son estas “nuevas” capacidades las que darán sentido y pervivencia a nuestra profesión. Resulta paradójico, por tanto, que todavía tengan poco peso en la formación de grado y posgrado.
Es necesaria la reflexión estos días en los que se incorporan los nuevos residentes. El futuro de la medicina y el liderazgo frente a los cambios que la profesión vivirá en las próximas décadas pertenece a esta cohorte. Todo ello representa un desafío apasionante, a la vez que factible, para los tutores que ahora los acogen y que los acompañarán en su crecimiento profesional.
Hay razones para confiar en una medicina capaz de seguir garantizando competencia clínica, humanidad y compromiso cívico. En buena parte, esto dependerá de cómo las nuevas generaciones médicas aprendan de sus referentes. En buena parte, por tanto, sigue estando en nuestras manos.Carlos Blay. Facultad de Medicina. Universidad de Vic – Universidad Central de Cataluña.