El pasado 11 de enero nos dejó el doctor Juan Damián Hernández Martínez, un médico con el que, a pesar de haber mantenido un contacto intermitente desde que nos conocimos hace más de un cuarto de siglo, era para mí y para muchos ostros un modelo de profesional y un espejo donde mirarse.
Especialista en Medicina del Trabajo, fundó hace muchísimos años, junto con otro apreciado compañero, y con la inestimable ayuda de su hermano, la empresa Asistencia integral de salud (Asinsa), dedicada a diferentes actividades médicas, entre ellas la de ser un centro médico de referencia que sigue funcionando con éxito, y él personalmente hacía periciales médicos en el Centro y prestaba atención personalizada como médico domiciliario, una asistencia en que el ojo clínico, la experiencia, la prudencia y la sensatez, cualidades que le sobraban, tienen una especial importancia teniendo en cuenta que no se dispone de excesivos recursos y, por otra parte, es una rama (erróneamente) considerada la hermana pobre de la medicina asistencial, pero muy valorada por los enfermos.
Juan Damián Hernández representaba con hechos lo que significa el estajanovismo, la práctica de trabajar con rendimiento extraordinario para servir de ejemplo a los demás, y vaya si lo era. Si había visitas domiciliarias con demora, ya podía llover o ser una fecha señalada, fuera Navidad o su cumpleaños, que no dudaba en abandonarla para atender a un enfermo, demostrando su absoluta dedicación como médico; era un profesional que los que tenemos cierta edad consideramos de "la vieja escuela" y con sus 68 años en el momento de su muerte, y su número veinte mil y poco de colegiado de Barcelona, no me sacaba ni demasiada edad, ni muchos colegiados en medio, lo que ha hecho que su muerte todavía me haya impactado más.
La semana antes de morir, e ingresado en uno de nuestros prestigiosos hospitales de Barcelona, su máxima preocupación era quien iría a terminar tal o cual informe o hacer tal o cual visita, lo que me hace recordar una expresión coloquial que dice algo así como "me quito el sombrero" y aseguro que no es para adular, es que son hechos, y por eso, es la pura verdad.
Él decía que de esta vida hay dos maneras de irse: "Con pañales o con zapatos. Y yo me iré con zapatos." Era sabio en toda regla y fue coherente hasta el final.
Te has ido, Juan Damián, pero has dejado una huella profunda en muchos colegas, pacientes y amigos que te admirábamos, porque como dice la sabiduría popular lo importante no es la profesión, lo importante es ser una buena persona y después aprender una profesión. Y esto es lo que era, una persona buena e íntegra, y un profesional extraordinario. Siempre estarás en nuestros corazones.
Descansa en paz.